Imaginen por un segundo que usted tiene familia en un país que todos ven como seguro, digamos, los Estados Unidos.  Los ve un par de veces al año, en días feriados; usted se admira cómo sus sobrinas y sobrinos están creciendo y usted está orgulloso de su primo por encontrar un buen trabajo.

Luego, imagine que estalla la guerra civil en ese país, y de repente, su familia está viviendo cerca y en una zona de guerra.  Usted ve aterradoras escenas de carnicería en las noticias.  Lugares que usted conoce, lugares a donde su familia concurre todo el tiempo – un parque, una escuela, un hospital, están siendo destrozados por el conflicto.

Usted los llama con frecuencia o recibe mensajes de texto, pero a veces no escucha de ellos durante días, y cuando usted se entera de ellos, es para escuchar sus peores temores; una abuela que vivía en la ciudad fue asesinada de la manera más horrible por “soldados” que en realidad no son más que terroristas.

Piense en lo ansioso que usted estaría, de saber que cada día podría ser el último para toda su familia, y saber que no hay prácticamente nada que pueda hacer, excepto, quizás, ayudarlos a escapar del horror y buscar refugio con usted en su ciudad, aquí en Canadá.

Y todo esto sin dejar de tener una vida normal, ir a trabajar, preparar alimentos, ser un amigo y un miembro de la comunidad y todo lo demás.

Cómo se sentiría usted si escuchara, día tras día, que la situación de su familia es un problema ajeno?  O que Canadá no debería darles la bienvenida, porque son de un país devastado por la guerra y, por lo tanto, son un riesgo para la seguridad?

Eso es exactamente lo que es para los refugiados sirios que ahora viven en Canadá, preocupados por los horrores que suceden en su país de origen.

Una buena amiga mía proviene de un pueblo muy cercano al lugar donde ocurrió esta masacre de Daesh.  Todos los días, ella se preocupa y trata de traer a su familia a un lugar seguro, trabajando pacientemente a través de un proceso burocrático a menudo frustrante, a veces desconcertante.  Todos los días, ella lleva el peso del miedo, la ansiedad y la culpa de ser sobreviviente, y hoy, una nueva sacudida de terror.  Al mismo tiempo, ella tiene que escuchar y leer, día tras día, la indiferencia e incluso la animosidad de algunos otros canadienses ante el sufrimiento de su familia, sus vecinos y su tierra natal.

Sin embargo, ella no se enfoca en las respuestas negativas.  Mi amiga no es nada más que agradecida por el apoyo que Canadá y tantos canadienses han demostrado por su país de origen y por ayudarla a ella y a otros sirios que buscan refugio para instalarse aquí en casa.

Ellos dicen que nunca juzguen a una persona hasta que ustedes hayan caminado una milla en sus zapatos.  Espero y rezo para que nadie que lea este articulo tenga que pasar por una guerra civil o por la experiencia de ser un refugiado.  Sin embargo, espero que todos nos tomemos un momento para recordar que los refugiados son personas reales, con familias reales, no diferentes a las nuestras y a nosotros.

Que el cielo no permita que lo que les está sucediendo a ellos nos sucediese a nosotros, cómo quisiéramos que nuestros vecinos del mundo nos respondiesen?

Craig Carter-Edwards es co-fundador de Welcome Home TO